Foto: Adobe stock
El camposanto está cerrado al público; un candado de metal ata las grandes rejas negras que visten la puerta principal. Nadie debería permanecer dentro, solo los bellos durmientes que descansan en paz. Pero sigue habiendo vida. Con un paso tranquilo se asoma entre los cipreses y se dirige a la puerta, que la abre como si fuese de su propiedad. Se llama Marta y afirma: “El cementerio de Poblenou es mi casa. Vivo rodeada de cultura”.
El paseante da dos pasos hacia atrás y recuerda la mañana del domingo anterior. Enfrente de la entrada al lago de tumbas, cuatro columnas neoclásicas de estilo dórico decoran el pórtico principal, sobre el que se sostiene un ángel con una trompeta. Este despierta a los muertos y decide si van al cielo o al infierno. Marca el momento del fallecimiento, y el inicio de la visita guiada al centro cultural.
Sin darse cuenta, el visitante pisa la lápida de uno de los personajes que revolucionó la industria en el siglo XIX, Josep Bonaplata i Corriol. La gente, ante el comentario del guía, se estremece. Son los orígenes del recinto actual, las primeras tumbas que se colocaron en 1816. Y, en el mismo departamento, un panteón de estilo neogótico con cápsulas de adormideras en los capiteles; lo que antes era un medicamento y símbolo del sueño eterno, ahora es una droga.
El cementerio refleja la sociedad. Como un calendario de Adviento a escala humana, las tumbas se distribuyen en filas y columnas, de manera simétrica y creando largos pasillos que parecen el laberinto de Horta. Esta organización imita el principio de igualdad de la Revolución Francesa. No obstante, el caminante observa, entre estas silenciosas paredes, grandes monumentos fúnebres de piedra que ocupan casi todo el camino. Algunos de ellos contienen inscripciones, otros no. Los últimos debieron ser desahuciados al no renovar el alquiler de la tumba, algo parecido a lo que sucede con los fondos buitre en el sector inmobiliario (!). En todo caso, la llegada de la fiebre amarilla, en el siglo XIX, provocó una multitud de fallecimientos que enterraron en medio de los pasillos por falta de espacio.
A través de los corredores se accede otra área, la isla I, donde se halla el ataúd del Santet. Tanto en la parte previa al nicho, que está agrietada, como en los alrededores, hay mensajes de gente que pide salud y amor a Francesc Canals i Ambrós, quien se esconde tras el apodo que da nombre a la obra. La leyenda apunta que, durante la noche, resplandece la luz del más allá a través de la hendidura.
El cementerio también cuenta con el departamento de la “alta suciedad”, tal como señala el guía. En este, los profundos huecos simétricos para colocar los ataúdes que predominan en la zona inicial del recinto se substituyen por parcelas de terreno delimitadas por vallas, de hierro y con cápsulas de adormideras. En estas, los familiares construyen un monumento para el difunto. Una de ellas pertenece a la familia Biada, de la que forma parte Miquel Biada i Bunyol, impulsor de la línea ferroviaria entre Barcelona y Mataró, la primera en territorio español. La fachada principal del templo es beige y contiene dos ángeles con una antorcha invertida, símbolo de luto. Entre estos, hay una puerta negra y de hierro. Encima, una franja de mármol en la que se lee el nombre de la familia. Después, un entablamento y, a posteriori, el frontón triangular sobre el que reposa la cruz.
El paseo por el departamento muestra los panteones del político y arqueólogo José Mariano de Cabanes; de Evarist Arnús, fundador de la Banca Arnús, y de Anselm Clavé, político impulsor del movimiento coral y del asociacionismo en Cataluña.
El paseante acaba la ruta enfrente de la escultura El beso de la muerte, creada por encargo de la familia Llaudet i Soler. Un ángel esquelético, que simboliza la defunción, besa el único hijo de la parentela, que falleció con 23 años. En la parte inferior de la obra, y sobre la piedra, se lee un verso de poeta Jacint Verdaguer:
“Mes son cor jovenívol no pot més.
En ses venes la sanch s’atura y glaça.
Y l’esma ja perduda, la fe abraça,
sentint-se caure de la mort al bes”.
Desde la vista de perfil de la obra, los ojos del ángel siguen al visitante. La muerte persigue a cualquiera presente en la zona.
Finalmente, y bajo la mirada del serafín, el guía resalta que “el cementerio es cultura”. De sus palabras se desprende que las defunciones aún se conciben como un tabú y, por tanto, dificulta la difusión del camposanto como centro artístico: “El museo del Camp Nou es uno de los más visitados de Barcelona; es una vergüenza”. Además, Marta lo ratifica: “Para mí, es más cultura que cualquier relación que tenga con la muerte”. Pero, “por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Barcelona,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?” (Dámaso Alonso, 1944).
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?” (Dámaso Alonso, 1944).
El arte, al igual que las personas, acabará enterrado en el cementerio. Muerto. En la urbe, de los ocho recintos fúnebres que hay, solo dos realizan visitas guiadas: Poblenou y Montjuïc.